“Mi madre nació en 1925 y falleció en 2015”, recuerda Brofeldt. “Su padre y el hermano de su padre fundaron en 1924 la primera compañía de cine documental en Finlandia.”
Aquella iniciativa surgió en un momento decisivo para el país. “Finlandia llevaba solo siete años de independencia y nadie sabía cómo era ni cómo vivían los finlandeses”, explica. La productora realizó más de 450 documentales y desempeñó un papel relevante en la proyección internacional de la joven nación.
Según Brofeldt, el trabajo que hoy desarrolla la fundación mantiene ese mismo espíritu: “Lo que hacemos ahora es una continuación directa de aquella cooperación que comenzó hace casi cien años.”
Una herencia cultural
Claire Aho pertenecía a una familia con profundas raíces artísticas. Su abuelo fue el escritor nacional finlandés Juhani Aho y su abuela era venezolana. “Es una tradición artística en la familia”, señala Brofeldt. Su madre representó la tercera generación dedicada a la creación cultural.
En 1950 se incorporó a la empresa familiar y posteriormente fundó su propio estudio fotográfico. Había estudiado periodismo y sociología, y entendía la fotografía como una herramienta natural de comunicación.
Fue pionera en el uso del color en Finlandia. “Estaba muy adelantada a su tiempo”, afirma su hijo.
El optimismo como mirada
Más allá de la innovación técnica, Brofeldt destaca la dimensión humana de su madre. “Ella solía decir: ‘color, color en todas partes’.”
Para él, esa frase resume su actitud ante la vida y su manera de fotografiar. “Nunca he visto una imagen en la que alguien aparezca de forma negativa o degradante. Las personas están construyendo, creando, intentando mejorar sus condiciones. Hay algo positivo y alentador en su forma de retratar.”
Esa visión, explica, sigue siendo actual. A través de la fotografía, su madre transmitía una idea de dignidad, esperanza y confianza en el futuro.
Cultura sin fronteras
La fundación que hoy dirige Brofeldt impulsa colaboraciones internacionales, exposiciones y donaciones a instituciones culturales. Él define este trabajo como “soft power diplomacy”: una diplomacia cultural a nivel humano.
“Es una manera muy humana de comunicarse. No hay fronteras”, concluye Jussi Brofeldt.
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