Nézet-Séguin sorprendió por su musicalidad, su energía y, especialmente, por su cercanía con el público. La tradicional Marcha Radetzky fue dirigida desde el pasillo central del patio de butacas, un gesto poco habitual que invitó a los asistentes a participar activamente con palmas entusiastas.
Más allá de lo musical, el director aprovechó el marco simbólico del concierto para hacer un llamado a la paz, subrayando el valor universal de la música como lenguaje de unión y entendimiento en tiempos de incertidumbre.
El programa destacó también por su apertura histórica al incluir obras de dos compositoras: Sirenen-Lieder, polka mazur de Josephine Weinlich, y Rainbow Waltz de Florence Price, ampliando así el marco tradicional del concierto.
Entre los momentos más destacados figuraron Rosen aus dem Süden, uno de los valses más refinados y líricos del repertorio vienés de Johann Strauss II, así como Frauenwürde, de carácter noble y expresivo, de Josef Strauss.
Como cada año, An der schönen blauen Donau volvió a ser el momento más esperado y emotivo del concierto, antes del cierre tradicional con la alegre Marcha Radetzky de Johann Strauss I, cargada de entusiasmo y sonrisas.