Todo arranca con un estallido. El 6 de julio, al mediodía exacto, un cohete surca el cielo sobre la plaza del Ayuntamiento. Es el chupinazo. Y en ese instante, Pamplona estalla en un grito común: «¡Viva San Fermín!». Miles de personas vestidas de blanco, con el pañuelo rojo al cuello, saltan, abrazan y lloran de emoción. La fiesta ha comenzado. Y durante nueve días, la ciudad no duerme.
El blanco y el rojo: el uniforme de la fiesta
Caminar por Pamplona en Sanfermines es sumergirse en un mar de blanco y rojo. Camisas, pantalones, zapatillas... todo blanco. Y al cuello, el pañuelo rojo, ese símbolo que ningún visitante puede olvidar. No es una moda. Es una tradición que se respeta. El rojo recuerda la sangre de San Fermín —o la de los toros, según se mire— y el blanco aporta pureza al conjunto. Colocarse el pañuelo el día 6 es un rito. Desatarlo el día 14, al final de todo, es casi un duelo. Ver a tanta gente vestida igual produce algo difícil de explicar: una sensación de pertenencia, de tribu, de estar viviendo algo más grande que uno mismo.
Los gigantes y cabezudos: los abuelos de madera de Pamplona
Si hay un momento que emociona a grandes y pequeños, son los desfiles de los gigantes y cabezudos. Los gigantes son figuras de madera de cinco metros de altura, pintadas con colores vivos, que representan reyes y reinas de cuatro continentes. Pesan más de 60 kilos, y los portadores, escondidos bajo los trajes, bailan al ritmo de la música tradicional. Van acompañados por los cabezudos, cabezas enormes con caras pícaras que se dedican a perseguir a los niños, asustarlos con cariño y darles golpes suaves con mazas de espuma. Los pequeños gritan, ríen y vuelven a acercarse. Esa danza entre el miedo y la diversión es tan antigua como la propia fiesta y conecta a los pamploneses con sus raíces más profundas.
Las peñas: el alma que no deja de latir
Pero si hay algo que realmente hace vibrar los Sanfermines, son las peñas. Grupos de amigos, vecinos o compañeros que se organizan durante todo el año para vestir camisas de colores llamativos, tocar tambores y cantar sus propias canciones: unas divertidas, otras un poco gamberras y algunas tristes. Durante la fiesta, las peñas recorren las calles sin descanso, reparten sangría, animan a la gente y crean ese ambiente único donde todo el mundo se siente parte de algo. Son ellas quienes mantienen viva la tradición y quienes hacen que Pamplona, durante nueve días, tenga un latido colectivo.
El encierro: el pulso más peligroso
Y luego está el encierro. La imagen que da la vuelta al mundo. Del 7 al 14 de julio, a las ocho de la mañana, seis toros de lidia —de hasta 600 kilos— recorren 875 metros por las calles del casco antiguo, escoltados por bueyes mansos que les marcan el camino. En apenas tres minutos, los animales alcanzan los 25 km/h. Los corredores, todos de blanco y rojo, corren delante, a su lado, pegados a los cuernos. Es una tradición que nació como traslado de ganado hacia la plaza, pero que hoy es un desafío físico y mental. Y también un riesgo real: desde 1924, al menos 16 personas han muerto en el encierro.
Calle Estafeta: el tramo que quita el aliento
De todos los tramos del encierro, hay uno que hace latir más rápido el corazón: la calle Estafeta. Es larga, recta, pero muy estrecha. Aquí los toros alcanzan su máxima velocidad. Y aquí es donde la carrera se vuelve más impredecible: caídas, atropellos, momentos de pánico que se suceden en segundos.
Tuvimos la suerte de verlo desde un balcón. Una perspectiva privilegiada. Desde arriba, todo se ve con claridad: los corredores que se abren como un río, el rugido de los cascos contra el adoquín, el silencio que sigue al paso de los toros... y la explosión de alivio cuando todo termina. Es una imagen que se queda grabada. Para siempre.
Hemingway y su huella en la fiesta
No se puede hablar de los Sanfermines sin recordar a Ernest Hemingway. El escritor estadounidense visitó Pamplona en los años veinte y convirtió la fiesta en leyenda con su novela Fiesta. Su pasión por los toros, el vino y la noche pamplonesa atrajeron a miles de viajeros. Hoy, un busto de bronce junto a la plaza de toros recuerda al hombre que supo capturar con palabras la esencia de estos días.
El final: "Pobre de mí"
El 14 de julio, a medianoche, la fiesta se apaga. La gente se reúne en la plaza del Ayuntamiento, con velas encendidas, y canta el «Pobre de mí». Es una canción triste, casi una despedida. Piden que el año que viene puedan volver a vivir los Sanfermines. Y entonces, como un suspiro, la ciudad recupera su ritmo normal.
Los Sanfermines son eso: una fiesta llena de contradicciones. Emocionante y peligrosa. Antigua y moderna. Querida y odiada. Pero, sobre todo, vivida. Son las peñas que no callan, los gigantes que sudan bajo la madera, los niños que corren delante de los cabezudos, los corredores que se juegan la vida y ese balcón en la calle Estafeta desde el que, por un momento, el mundo se ve distinto. Porque los Sanfermines no se explican: se sienten. Y una vez que los has vivido, ya no se olvidan.
Enlaces relacionados:
www.rtve.es/play/san-fermin-2026
www.pamplona.es/actualidad/ruedas-prensa/balance-de-las-fiestas-de-san-fermin-2026
www.ernesthemingwayofficial.com/blog/the-man-the-myth-and-the-enduring-legacy-of-ernest-hemingway
Novela "Fiesta" de Ernest Hemingway
es.wikipedia.org/wiki/Fiesta_(novela)